¿Una palmada a tiempo?

Seguro que alguna vez escuchaste la frase: “más vale una palmada a tiempo”, así como otras recomendaciones populares de reprender a los niños de forma física. Estas prácticas estuvieron aceptadas socialmente en algunas culturas y en distintos momentos de la historia. Quizás uno pueda reconocerse en estas prácticas, pues quienes somos padres hoy, venimos de una cultura de crianza donde el tirón de oreja, la palmada o el grito eran socialmente aceptables y recomendadas. Sin embargo, en la actualidad se conoce que son medidas contraproducentes, con efectos negativos en el desarrollo y en el vínculo con los padres.



En el 2016 la Universidad de Texas, en Estados Unidos, publicó un trabajo de investigación en donde se estudiaron más de ciento cincuenta mil niños, en el que se concluyó que las “palmadas” tienen un efecto similar al abuso físico.(1) Cuanto más frecuentemente se utilice este método, los niños serán más propensos a desafiar a sus padres, a experimentar comportamientos antisociales, pudiendo desarrollar una tendencia a ser agresivos, y tener dificultades de aprendizaje. Distintos estudios confirman la idea de que cuanto más se castigue al niño, peor se comportará. Los niños que son reprendidos con castigos físicos reproducen el mismo modelo con sus hijos, convirtiéndose en un ciclo vicioso de malos tratos, con resultados devastadores.


Esta realidad nos toca muy de cerca a los uruguayos: en 2009 el 83 % de los adultos en Montevideo reconoció ejercer alguna forma de violencia física o psicológica contra un niño de su hogar.(2)


¿Cómo revertimos esta realidad?

Si sabemos que es una práctica adquirida, que parece pasar de generación en generación, el gran desafío será frenarla en algún momento. Alguna generación tiene que ser capaz de reconocer que quienes nos estamos “portando mal” somos los padres, no los niños. No estamos encontrando alternativas para marcar límites o conductas que, creemos, son inadecuadas.

El acto físico de castigar suele ocurrir tras un desborde emocional, pero un desborde emocional del adulto, no del niño. Te invito a pensar en ejemplos cotidianos donde pierdes tu paciencia y terminas reaccionando de alguna manera que luego te arrepientes. ¿Qué estabas haciendo? ¿Cómo te sentías? Me animo a adivinar que estabas ocupada, o lidiando con varias cosas al mismo tiempo, quizás hasta cansada o de mal humor.

La principal herramienta con la que podemos contar es reconocer cuál es nuestro punto de quiebre, ese momento crucial en que la paciencia se desvanece y dejamos de razonar, reaccionando sin mediar pensamiento. Cuando nos encontramos en una circunstancia tensa y estamos a punto de explotar, lo más saludable será reconocerla para poder tomar distancia. A veces necesitamos ir al baño para alejarnos de la situación, otras veces podremos invitar a otro adulto a que nos ayude a lidiar con esta. Lo importante será evitar ese desborde de enojo y encontrar formas más saludables de resolución.


Claro está que ningún padre es una reencarnación del dalái lama, todos perderemos la paciencia en algún momento y querremos salir corriendo de nuestra casa. El desafío estará en encontrar distintas formas para indicar, con claridad y ternura, el camino que nos parezca más adecuado para nuestros hijos.


1. University of Texas at Austin. “Risks of harm from spanking confirmed by analysis of 5 decades of research”. Science Daily, 2016 Apr. 25. 2. Presidencia de la República Oriental del Uruguay, Sistema Nacional de Protección a la Infancia y Adolescencia contra la Violencia. “Informe de Gestión 2008”. Montevideo, 2009.

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