Padres analgésicos



Hay algo muy curioso sobre el concepto de “dolor” en nuestra cultura que se traslada directamente en la crianza de nuestros hijos. Hoy les propongo reflexionar sobre una característica de los padres actuales, que tiene que ver con esta necesidad imperiosa de “evitarle malestar” a nuestros pequeños.

Si te hago esta pregunta rápida: “¿Qué quieres para tus hijos?”,

déjame adivinar. Tu respuesta probablemente será:

“Quiero que mis hijos sean felices”.

Pues, muy bien…

Y ¿Qué sucede con aquellas situaciones naturales que generan malestar, incomodidad o incluso, dolor?... ¿Se puede ser feliz incluso en estas situaciones?

Actualmente vivimos en una cultura que se caracteriza por acceder a todo cuanto queramos a una velocidad nunca antes conocida. Nosotros mismos, los adultos, estamos desregulados en nuestra propia capacidad de espera, y a la hora de cuidar y educar, aplicamos esta misma lógica.

No queremos que nuestro hijo “pase mal”, y buscamos evitar cualquier malestar. Pensemos, por ejemplo, cuando un bebe pequeño tiene cólicos, pues le duele la panza, y pasa varios minutos llorando. Este malestar es algo completamente esperable en el proceso de crecimiento, pero en los padres actuales suele ser una causa de gran angustia y desesperación. Estamos siempre detrás de la pastilla o gotita “mágica” que le quite el dolor lo más pronto posible... Y nos perdemos la instancia del sostén, de acompañar, de consolar.

Nuestro bebé/niño tiene fiebre y cada vez hay antipiréticos más avanzados que la hacen desaparecer velozmente. Incluso al darle una vacuna muchas veces se le indica un analgésico “por las dudas" (como si los analgésicos fueran completamente inocuos).

Cuando el pequeño comienza a caminar, colocamos protectores en cada esquina de la casa y resulta muy frecuente encontrar padres que están detrás de sus hijos como un gran almohadón portátil, amortiguando y/o evitando cualquier caída o golpe.

De esta forma terminamos siendo padres analgésicos, que anulamos la mera posibilidad de dolor o molestia. Anulamos la capacidad de “pedir ayuda” y de ser consolado.

Estas pequeñas frustraciones iniciales, en formato de molestia, espera o caída, de forma dosificada y ajustada al desarrollo de cada niño, nos enseñaran el concepto de espera, de tolerancia pero sobre todo, nos brinda la oportunidad para saber que hay un otro que consuela, que sostiene y acompaña.

Es importante diferenciar la idea de molestia o dolor, con sufrimiento. Una situación puede ser muy dolorosa, y no por ello sufrirla.

Otra pregunta rápida:

“¿Qué recuerdo tienes de cuando eras un niño pequeño y estabas enfermo?

¿Acaso recuerdas el dolor de garganta?... seguramente no, y tu memoria se repose sobre aquella sopa casera de la abuela, o la posibilidad de pasar la tarde acostado en la cama de tus padres.

Claramente esta opción es mucho más demandante. Implica de un adulto presente, que consuele, acompañe y sostenga. No es lo mismo un bebé que duerme plácidamente en su cama, de aquel que llora por dolor. Ni un niño que juega atado a su coche, de aquel que anda caminando y se pega cada 10 minutos.

Quizás la clave está en tomar estas situaciones como una oportunidad, y no evitar las caídas o molestias, sino aprovechar la enseñanza que se obtiene de la misma. Ningún niño va a aprender a caminar sin caerse…

La invitación es a despojarnos de este rol analgésico, para adoptar una conducta de sostén y guía, que acompañe cada fase del desarrollo de nuestro hijo, según sus necesidades y características individuales.


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©  2020 por Claudia López Rodríguez

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